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Cruzando la calle

Iba corriendo al encuentro; se le había hecho tarde por alguna razón, más allá de que tardara más de diez minutos en pasar el autobús, y más allá de que no pudiera subirse al primer vagón del metro, ni al segundo, ni al tercero. Corría apresurada porque hoy era el día que tenía que pasar lo que tenía que pasar. Tenía una hoja con un dibujo en el bolsillo trasero del pantalón, y una carta hecha cuadritos en aquel jirón recubierto de parches y un poco de piel que llamaba cartera. Pasó corriendo Álvaro Obregón y estaba por cruzar la calle, casi sin fijarse que venía un auto, y sin saber que el conductor venía distraído, cambiando la canción o haciendo quién sabe qué.
Uno nunca imagina cómo va a terminar la propia vida, hasta que es demasiado tarde. De pronto, llega aquel segundo, en el que te pasa todo frente a los ojos, y solamente piensas “ojalá hubiera…” Era irónico. Corría directo al concierto en el que no solo sería espectadora, sino que al final, luego de las fotos y las felicitaciones, podría entregarle una muestra de gratitud que esperaba fuera suficiente a su artista favorito. Y era irónico, porque por esa prisa estaba a nada, pero a nada, de ser arrollada por un auto, que o bien llegó por casualidad, o bien fue el destino el que lo puso ahí, y el que decidió que el conductor, un tipo usualmente responsable, olvidara, por un azar del agua fría y la caliente, el cargador de su teléfono, y un momento antes de salir de casa lo recordara, así que tuvo  que regresar. Ese par de minutos de retraso lo cambió todo. Ahora, estaba por vivir con un cargo de conciencia del que no podría liberarse, con el que dormiría todas las noches, las que sí lograra conciliar el sueño, las que no pasara en vela, recordando esa imagen una y otra vez: el crujir del parabrisas, el arrepentimiento instantáneo por no ir prestando atención al camino como tantas veces se le había dicho, el ruido de las sirenas mientras él seguía pasado fuera del auto, el hilo de sangre que escurría por la llanta, la sensación de vacío, la infinita sensación de vacío, pero que no era peor que el remordimiento de ver, antes de que llegara la policía, solo por curiosidad, no por morbo, las identificaciones en su cartera: no había ninguna credencial oficial, probablemente era menor de edad; en realidad solo había tarjetas del transporte, algunos billetes y, otra cosa, quizá una carta. Si la abriera, vería que aquella carta contenía horas y horas frente al papel, hojas y hojas en el basurero, un larguísimo esfuerzo de síntesis para finalmente, escribir en veinte renglones las sensaciones de años y años de canciones.
Mierda. Mierda, mierda, mierda. El regalo.
Paró en seco antes de cruzar. Mierda, había dejado la última parte de la sorpresa en el escritorio. Se detuvo y pensó en regresar, pero sería inútil, el concierto empezaba en menos de una hora, y si llegaba tarde no podría estar en las primeras filas, y no podría ser de las primeras en acercarse, y no sentiría que todo ese esfuerzo había valido la pena. Un auto avanzó frente a ella y sin fijarse, se pasó un alto. Parecía no haber patrulla cerca, y se fue impune.
Siguió corriendo, sintiéndose decepcionada de su descuido; porque entonces cómo sabría aquel tipo el montón de cosas que había hecho por ella a través de sus canciones, cómo entendería todo lo que la había hecho sentir, cómo se enteraría de cuando le había salvado la vida.


Photo by Diego Jimenez on Unsplash

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