Me puse el uniforme y tomé mi lugar en el salón de clases. Era grande como para una persona pero pequeño si venían más compañeros. Llevo un par de minutos esperándolos pero no han aparecido. Las puertas están cerradas, pero sin cerrojo, solo tendrían que girar la manija, a menos que sean tímidos. Tuve compañeros en otras ocasiones vestidos de los mismos colores que los míos, pero aún así no todos me gustaban, algunos eran repugnantes, de risas tan estridentes, tan huecos. Sin embargo, me sonreían y yo a ellos. Hasta pensamos a veces que éramos amigos. Pero ellos no siempre ponían los acentos donde debían y en principio eso me hacía enojar. Luego lo dejé ir, y los veía con ojos de compasión y lástima. No podemos arreglar todo. Había otros chicos que no vestían mis colores y a los que nunca vi en mis salones. Nunca supe si eran más listos o más tontos, quizá había de los dos tipos. Casi no conocí a ninguno, salvo en los empastados del pueblo me crucé con chicos que ya no llevaban ropa del mismo color pero hablaban igual. Los reconocí por eso, pero no les dirigí la palabra hasta que alguien me los presentó, porque corrían los rumores que siempre se peleaban en un parque cercano. Hablé con ellos pero me di cuenta que mi vocabulario no era el adecuado, no nos entendíamos. Escuché por un rato lo que decían y cuando lo hube aprendido empecé a decirlo también. Nos caímos bien a partir de entonces, y nunca me golpearon ni me molestaron.
Empecé a pensar que ni el maestro llegaría al salón, pues ya habían pasado más de diez minutos y los profesores nunca llegan tarde. Al menos los que yo conozco. Cuando un profesor llegaba tarde, lo hacía casi sudando y pidiendo disculpas, y quizá ya hubiera otro maestro en su lugar dando la introducción a la clase. Mucha gente que conozco es puntual. Pero otra no tanto. Yo no soy nada puntual, y eso que mi padre siempre quiso obligarnos a serlo. Tal vez esa sea la misma razón por la que no soy puntual.
Si fuera buen alumno no me hubiera fijado en todas estas cosas y de primera, hubiera abierto un cuaderno y un libro para estudiar. La cosa es que tampoco soy buen alumno. Le caigo bien a los profes, participo en las clases, regularmente hago las tareas y obtengo buenas notas, pero eso es sencillo. Muchas veces me interesa más la escuela por la escuela que por aprender algo. Me interesa ir y platicar con gente con quien no tenía nada en común hasta que los conocí, a quienes no les gusta mi música pero me puede gustar la suya, con quienes hacer equipos en los deportes porque solo no es tan divertido, con quien salir de fiesta y por quienes pasar en el auto. Siempre es bueno pasar por alguien en el auto. Fuera de eso no he aprendido muchas cosas. Si me preguntas qué recuerdo de la secundaria en adelante puedo decir muy poco, y como alguien apuntó: “lo que recuerdas es lo que sabes”, y yo le creo. No sé nada de la escuela pero por ejemplo sé que hay personas a quienes debo llamarle por teléfono, tarea que debo hacer, que debo mirar menos pantallas porque sino me dolerá la cabeza. Aunque creo que el tipo de la frase no se refería a eso… Sé entonces multiplicar cualquier número, sé pasajes de algunas películas, las letras de muchísimas canciones, los modelos de decenas de autos, sé identificar a las personas simpáticas de las que no lo son, sé si una chica es fácil o difícil de conquistar. Conozco marcas de ropa, relojes; de perfumes no porque tengo un pésimo sentido del olfato. Sé manejar un auto, una bici, una patineta, un patín del diablo. Sé leer muy rápido pero si tengo que estudiarlo es un problema porque tengo que releer todo varias veces. Sé tomar buenas fotografías, pero no muy buenas y no con los ajustes manuales de la cámara. Sé todo sobre mi teléfono, sé algunas cosas del futbol aunque no lo sé jugar del todo bien. Sé redactar la mar de bien. Sé mentir y contar efusivamente esas mentiras. Mis historias no las sé contar muy bien. No sé como hacer que una mujer quiera estar conmigo, pero muchas veces lo consigo. Sé editar un texto, pero no me gusta hacerlo, ya no es lo mismo; no es como arreglar un guisado poniéndole más agua. Es como intentar arreglar una canción cambiando el ritmo y haciendo más clara la voz del coro. ¿Arreglarla según quién? ¿Todos quieren esos cambios? No me gusta hacer enojar a la gente. Es como entregarles regalo que con el paso del tiempo empieza a oler mal.
Podría escuchar música todo el día pero entonces no podría hacer ninguna otra cosa durante ese día, salvo las tareas que no requieren usar el cerebro, como limpiar, acomodar, cocinar, etc. No lo requieren porque son tan fáciles y sabemos cómo se hacen que las podemos hacer hasta con sueño. Lo que realmente vale la pena hacer no lo puedes hacer si no te concentras en ello. Si justo ahora combino algunas teclas y termino viendo las fotos de una chica, cuando quiera volver a escribir ya no sabré qué decir. La chica se habrá quedado mi atención, aunque no le sirva de nada ahí en ese host de bits.
Uno puede estar muy concentrado aunque le duela la cabeza, no tiene que ver nada una cosa con la otra, solo requiere voluntad, y que te guste lo que estás haciendo. Puedes leer una obra de Beckett, un poema de Bukowski, escuchar una canción de Tino, de J. Cole (¿esperaban clásica?) o ver una película que no force demasiado el humor aunque te duele la cabeza. Puedes comer un manjar, un dulce o hasta una quesadilla. Pero no puedes por el contrario comer verduras demasiado cocidas, un guiso que nunca has soportado, o ver una película cualquiera de Hollywood o peor, una serie cualquiera. No puedes escuchar el Top de Música más sonada del momento, ni leer Medieval o una porquería de novela no-tengo-estilo-propio con dolor de cabeza.
Nadie llegó al salón, me cansé de esperar, pero me voy a quedar aquí porque afuera hace más frío. No llega más el internet porque alguien lo está usando, pero tengo algunas otras cosas mejores que hacer. O no.
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| Photo by Jordan Sanchez on Unsplash |

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