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Amores, transbordos y otros cuentos de la Ciudad.

Abro la ventana para respirar aire fresco un momento. Un momento, olvidé donde estaba: esto es la Ciudad de México, esto no es aire fresco. Entra más bien el barullo de la ciudad, un ronroneo constante de coches, el crujir de balatas, el estruendo de los claxons, y una combinación de sonidos que no sé identifcar. No llevo mucho tiempo aquí, ayer fue más bien mi primera noche viajando solo. Entonces me asomo y pongo atención. Veo los departamentos de a lado: están vacíos. Pagar tanto dinero por una renta y estar muy poco tiempo en casa. Comprar la tele, y los muebles, y limpiar las ventanas. Y no verla, y no usarlos, y no mirar a través de ella. Las vialidades a los lejos están mañana, tarde y noche asediadas por motores que no se detienen un momento, que van unos más rápido y otros lento, pero no, no se detienen jamás. ¿Sabrán a dónde van? Y luego está toda esta gente (o estamos, si ya puedo ser parte) que prefiere evitar el tráfico en cuatro ruedas y va por metro. Bendito metro. Me pregunto si existiría la ciudad de no existir el metro. Y creo que no, pero existe, y no pasa nada. “Muévete rápido”, dicen los que saben; “fórmate hasta atrás en la fila para subir”, “no lleves mucho a la vista”, “si sientes que te empujan seguro ya te chingaron”. Qué chingado. Pero qué chingón. Los vendedores ambulantes, que según prohibieron pero ahí están. Las parejas, las familias, los cabrones que no te dan confianza, los que se suben, observan y se bajan, los que leen a pesar del movimiento. Nadie saca el teléfono, pocos ostentan relojes, muchos llevan la mochila por delante. Y a pesar de todo disfruto el viaje. Hay que poner cara de pocos amigos, claro, pero por dentro estoy fascinado. Cada que te bajas, sigue la corriente, ve detrás de la gente, pretende que sabes a dónde vas, no te veas perdido, porque lo estarás. Transborda, sube escaleras, bájalas, y otra vez elige: espera las eléctricas o anda por las otras. Después de líneas y sudores, estaciones y canciones, emerge. Sal a la luz de la ciudad: en un parque, en una avenida, en la entrada de un centro comercial, en un puesto de garnachas. Dispersate como toda la gente, no te quedes ahí, porque sino, de repente, algo que era tuyo ya no vas a sentir.

Entonces emerges, y la Ciudad es lo que es otra vez. Supongamos que no llegaste ahí por casualidad sino porque lo habías elegido como destino; ahora averigua para dónde hay que caminar. Busca en el mapa, pregunta, o camina sin más. Pero hay calles que no querrás atravesar: no te lo sugeriría. Pero recuerda que llevas compañía. Anda entonces, ubica aquel lugar al que vas. Fórmate en la fila, conversa, observa, espera, hasta que te dejen entrar. Y cuando pase, de nuevo desaparece la Ciudad. Se cierra la puerta tras de sí, y enfrente tienes el foro. Acércate, mézclate, espera. Otra vez espera. Y espera durante hora y media, y si hace falta, sigue esperando. Hasta que empiece la música, y en ese momento dejes de ser tú para ser todos los que están ahí. Alégrate, y alégrate de haber ido con alguien con quién alegrarse. Disfruta.

Cruzas la misma puerta que hace unas horas y ahí está otra vez. Qué más: claro que la Ciudad, ahora oscura, indescifrable, casi tétrica. Ubícate de nuevo y camina. Ve bien por donde andas. Despídete. Cruza la calle, y luego encuéntrate con Pato. Pregúntale: “¿PATO?”. Salúdalo, carcajeate. Qué carajo tiene esta ciudad, cómo pasan estas cosas. Pide un Uber, deja a Pato, busca a Nani. Encuentra a Nani. Todavía no es tan tarde para unas chelas; nunca es tarde, de hecho. Conversa como si lo hubieras visto ayer, sorpréndete de lo fácil que es. Desvélate. Quédate dormido en el sillón. Despierta. Luego vete a la recámara. Despierta, cuando el cuerpo lo pide. Sal del baño y asómbrate: la mañana está ahí, justo ahí. Ya no regresarás a dormir.

Se va uno tras otro. Desayunas con Nani, pero también se va. Y te quedas solo. En ese departamento, que de no ser por ti estaría vacío, pero no lo está. Con el sol a plomo y la Ciudad ahí. Con un libro enfrente, pero la necesidad de escribir. Ah, debería estar escribiendo, y este ruido no me deja concentrarme. Cierro la ventana.




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