Despiertas por la mañana, pero aún no sale el
sol ni ha sonado la alarma. Ha pasado otras veces, no parece importante. Te
enderezas sobre la cama y te apoyas con los brazos. Te sobresaltas al mirar tu
reflejo, dibujado exactamente en el espejo. Estás despeinada, la pijama deja
ver un palmo de tu escote, y estás en ese momento entre volver a dormir, lo
cual es fácil, o levantarte y comenzar. Te recuestas, cierras los ojos un momento, y luego te odias por ser responsable
(e indecisa) y lanzas las cobijas hacia abajo. Saltas de la cama, que te queda
grande. Es increíble vivir sola, lo dices muy seguido.
Vas hasta la regadera y abres la llave.
Dejas siempre que se tire el agua hasta que salga caliente, como si no
existiera otra forma, como si te quisieras llevar el mundo al carajo junto
contigo. El agua empieza a salir tibia. Tú estás en calzoncillos, todavía,
revisando los comentarios de ayer. Este te interesa, este no, este otro
que se joda. Sale agua caliente. Pero antes, la playlist. Y la bocina, ¿dónde
quedó la bocina? Ah, sí, debajo del montón de ropa. Ya está todo. El agua está
hirviendo. Sueltas una maldición y esperas, desnuda, de puntitas en el piso
helado. Ahora sí. Cierras la cortina.
En la habitación todo está en calma. Algunas latas de cerveza en el bote de la basura, papeles regados en el escritorio,
fotos clavadas en la pared, el sillón puff en una esquina y la alfombra al pie
de la cama. Pasa el tiempo. Se escucha el tic tac de tu reloj, luego aquel pitido que anuncia una nueva hora; lentamente como si aquel sonido lo hubiera apurado, el sol empieza a salir.
Y tú también sales, dejando ver un denso vapor tras de ti; usas una toalla que se enreda en tu cabello y otra que abraza tu cuerpo. Todavía te escurren gotas por la clavícula, que se dibuja perfectamente en ti. Vas al ropero y sacas algo; cualquier cosa, qué más nada, es para la
escuela. Ah, nada como cuando te vas a casa.
Bajas a desayunar, pero qué, si están casi vacíos el refri y la alacena. Deberías ir
al súper, y bien lo sabes, pero qué más da. Otro día no cambiará nada. Lo
mismo piensas de la escuela, de los pendientes, de eso que quieres hacer y solo
queda para mañana, y mañana nunca llega. Pero ya llegará.
Regresas al cuarto, creo que olvidaste algo,
aunque solo entras y sales sin más. Dejaste la mochila ayer en el coche, ya
verás. Así que miras el teléfono, tomas el bolso, descuelgas las llaves y
abres. Es el peor momento del día.
Te veo bajar las escaleras, llegar al auto.
Escucho encenderlo, pero miras tu teléfono. Seguramente olvidaste poner la
música. Cómo vas a manejar sin música. Lo apagas. Y mientras te veo a través de
la ventanilla, aunque podría entrar, igual, tampoco sabrías; pero esto le da el
toque casi de película. Y qué es la vida sin pensar que estás en una escena.
Pero bueno, cuál vida, a fin de cuentas.
Y por fin arrancas, se levanta el portón y te vas.
De nuevo en tu cuarto, pienso que ojalá algún
día te atrevas a ver desde aquí, desde el alféizar de la ventana: tu auto alejándose por
la carretera, la luz despuntando tras el volcán, los árboles en fila de la avenida. Pero pienso que mejor no. Dos personas no deben saltar por el mismo lugar.
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| Photo by Bosen Yan on Unsplash |

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