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Todo lo que eres.

Eres una maquinita en la feria en la que es imposible ganar, que va dando como recompensa con cada peso recuerdos de a poquito, fragmentos de viajes a la Ciudad de México, de pasar por la tortería de la esquina, memorias de los desayunos en el mercado de la Merced, de recorrer cuarto por cuarto y metro por metro la casa de mis abuelos, de saber que mi hermana pedía cualquier cosa en el súper y se la compraban,  de pensar que los tiempos pasados fueron mejores cuando no se puede saber. Eres como un oso fatigoso que tras un largo día de verano solo quiere sobarse los pies, tirado en su cueva, y frente a la cual pasan unos desorientados viajeros, cansados de buscar rumbo pero dispuestos a no desanimarse frente a la adversidad, sin saber que detrás un oso los puede comer. Eres, sin embargo, ese oso y el día que decide no actuar respecto a eso, no atacar a los viajeros aunque no tengan nada que hacer ahí, y verse recompensado cuando los viajeros invocan la flor roja y comienzan a ...

Dolor de cabeza

Me puse el uniforme y tomé mi lugar en el salón de clases. Era grande como para una persona pero pequeño si venían más compañeros. Llevo un par de minutos esperándolos pero no han aparecido. Las puertas están cerradas, pero sin cerrojo, solo tendrían que girar la manija, a menos que sean tímidos. Tuve compañeros en otras ocasiones vestidos de los mismos colores que los míos, pero aún así no todos me gustaban, algunos eran repugnantes, de risas tan estridentes, tan huecos. Sin embargo, me sonreían y yo a ellos. Hasta pensamos a veces que éramos amigos. Pero ellos no siempre ponían los acentos donde debían y en principio eso me hacía enojar. Luego lo dejé ir, y los veía con ojos de compasión y lástima. No podemos arreglar todo. Había otros chicos que no vestían mis colores y a los que nunca vi en mis salones. Nunca supe si eran más listos o más tontos, quizá había de los dos tipos. Casi no conocí a ninguno, salvo en los empastados del pueblo me crucé con chicos que ya no llevaban ropa d...

Regalo de Navidad

 La invitación tardía a una presentación navideña nos tenía caminando por las mal iluminadas y frías calles del centro. Me encontré con un viejo amigo en la recepción, preámbulo a un espacio rectangular de tres veces esa altura de la entrada. Hubiera sido ingenuo preguntarle de un rostro en específico cuando había visto cientos esa noche. Sin más que un saludo me dejó pasar, porque en otra ocasión, de tanto escucharlo había comenzado a mirarme confiadamente. El salón estaba lleno, y al fondo  un grupo de danzantes se exhibía en el escenario y alzándose sobre la orquesta. Observé los rincones del recinto, las jardineras en fila de la izquierda, el árbol de Navidad parpadeando, las escaleras del tablado. Hubiera aplaudido al final del acto, pero no iba ahí a perder el tiempo; busqué sobre la multitud caras conocidas y las encontré al momento, pues aunque todos vestían trajes de colores iguales, nadie quería ser ignorado. Nos deteníamos unos segundos para saludar, asentir, sonre...

Coches ajenos

Sonó el despertador a la hora justa en la que si salgo de la cama y me meto a la regadera, llego perfecto a la clase. La cosa es que no pasó ni una ni la otra. No fui a mi primera clase, porque hora y media de sueño más bien lo valía. Llegué tarde a la segunda, como a casi todas las clases del semestre y... laguna mental aquí. No sé que pasó, pero un segundo después estaba llegando (tarde) a la clase de teatro. Todos en silencio, con una sola hoja en frente: por primera vez en la vida estaba frente a un examen sorpresa. Para mi suerte, tuve el atino de leerme la obra de teatro de la que trataba la noche anterior, cayéndome de sueño pero haciendo por fin algo bien. Laguna aquí también... Mensaje de Aitana: "Donde andas?" Le mandé una foto, "voy saliendo de clase", "te veo en Ágora". Me empezó a latir dos que tres más rápido el corazón, quién sabe por qué chinches. Así que la vi de espaldas, la reconocí más o menos por la silueta y me arriesgué: me senté en...