Casi a oscuras y abandonandose a desconocidas posibilidades, puede verse parte de un rostro, expectante y cegado; fruto de una caricia, que se ha extendido a la par de versos y ritmos, que ha franqueado barreras de piel y tela. A merced, sin defensa, con las manos inquietas y los labios ansiosos, sin ornamentos ni prendas, la piel se eriza con el contacto, inocente al principio, predecible, ritualístico, casi tierno, que se va haciendo más frágil conforme se aleja de la respiración y se acerca al pecho; esa distancia no provoca más que ansiedad, los movimientos lo delatan. La otra boca explora, busca sin desesperación la salida a laberintos sin paredes que ella se inventa; se empeña en hallar minas que explotar en breve, yacimientos con riquezas imposibles de calcular, trata de ocultarle sus intenciones a la luz que entra por el resquicio. Pese a todo, los labios propios y extraños se buscan constantemente: no por necesidad, sino para mantenerse con vida, y sentirse aún en la misma habitación, gobernados por reglas que a luz del día causarían escándalo entre malas lenguas; mientras tanto, ahí dentro crepita quedamente una llama, que, persistente, empieza a quemar por lo bajo. La noche sigue un curso tácito, jamás mencionado, pero dado por entendido, el cauce de un río que comienza con risas, hasta que son sustituidas con besos, y que desembocan en cascadas que, estrepitosas, llenan de espesura los valles. Con el revés del cuerpo, las curvas de la espalda se anuncian con más peligro, causando que baje la velocidad para evitar accidentes, pero sin impedir el tránsito de un par de labios que descienden con vértigo, buscando los vértices de esta figura, un cuerpo que exhala calor y no puede saciar sus ansias, pues no encuentra el desahogo de los labios que le torturan. La noche termina de nublarse y la lluvia cae sin que nadie lo note. Sin que pueda hacer más que sentirlo, su cuerpo queda otra vez a merced de malas intenciones, aumentando la tensión hasta casi llegar a romperse; ignora por qué se deja convencer por órdenes que no requieren palabras, pero ceder a esto le lleva hasta el mar, que hoy está un momento en calma y al siguiente en tempestad. El calor es casi insoportable, pero, atenta a su papel, la lluvia comienza a caer intensamente, empapando todo y más allá de lo que debería. A fin de cuentas, todo termina por secarse con el tiempo, pero de este no hay mucho y no se debe desperdiciar. La lluvia amenaza con volverse diluvio; hace cerrar las ventanas y dejar aún más a oscuras la escena, que a partir de aquí es imposible de narrar.
Estábamos cansados. Yo del día, ella de mí. Estábamos acostados con la luz apagada y sin poder dormir. Lo intentamos, pero no estaba funcionando. Ella tenía todavía los ojos abiertos. Nos separaban unos centímetros pero no había por qué engañarnos, había mucha más distancia entre nosotros. Tenía miedo de buscar su mano debajo de las sábanas, tenía miedo de que la quitara, no me iba a arriesgar. No porque temiera una pelea o porque fueran a empeorar las cosas, simplemente porque ya tampoco valía la pena intentarlo. La luz entraba tenue por un resquicio de entre la ventana y la cortina. Iluminaba apenas el otro extremo de la habitación. Me hubiera gustado levantarme e irme. Levantarme y tener a dónde ir. Pero creo que había puesto demasiado de mí en ese lugar; demasiado dinero, que no era tanto, demasiado tiempo, demasiado cuidado en las cosas. Siempre pensé de joven que cuando me enfrentara a estas situaciones nada sería tan fácil como levantarme y salir. Pero no fue así; no en ese m...

Wow.
ResponderBorrar¿Te lo imaginaste?
BorrarMejoras muy obvias, sofisticado, misterioso, detallado... la perfecta combinación. A mi perspectiva, el mejor hasta el momento. Excelente final. Todo en conjunto, un poco poético.
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