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Filum

Casi a oscuras y abandonandose a desconocidas posibilidades, puede verse parte de un rostro, expectante y cegado; fruto de una caricia, que se ha extendido a la par de versos y ritmos, que ha franqueado barreras de piel y tela. A merced, sin defensa, con las manos inquietas y los labios ansiosos, sin ornamentos ni prendas, la piel se eriza con el contacto, inocente al principio, predecible, ritualístico, casi tierno, que se va haciendo más frágil conforme se aleja de la respiración y se acerca al pecho; esa distancia no provoca más que ansiedad, los movimientos lo delatan. La otra boca explora, busca sin desesperación la salida a laberintos sin paredes que ella se inventa; se empeña en hallar minas que explotar en breve, yacimientos con riquezas imposibles de calcular, trata de ocultarle sus intenciones a la luz que entra por el resquicio. Pese a todo, los labios propios y extraños se buscan constantemente: no por necesidad, sino para mantenerse con vida, y sentirse aún en la misma ha...

Cruzando la calle

Iba corriendo al encuentro; se le había hecho tarde por alguna razón, más allá de que tardara más de diez minutos en pasar el autobús, y más allá de que no pudiera subirse al primer vagón del metro, ni al segundo, ni al tercero. Corría apresurada porque hoy era el día que tenía que pasar lo que tenía que pasar. Tenía una hoja con un dibujo en el bolsillo trasero del pantalón, y una carta hecha cuadritos en aquel jirón recubierto de parches y un poco de piel que llamaba cartera. Pasó corriendo Álvaro Obregón y estaba por cruzar la calle, casi sin fijarse que venía un auto, y sin saber que el conductor venía distraído, cambiando la canción o haciendo quién sabe qué. Uno nunca imagina cómo va a terminar la propia vida, hasta que es demasiado tarde. De pronto, llega aquel segundo, en el que te pasa todo frente a los ojos, y solamente piensas “ojalá hubiera…” Era irónico. Corría directo al concierto en el que no solo sería espectadora, sino que al final, luego de las fotos y las felicit...

Amores, transbordos y otros cuentos de la Ciudad.

Abro la ventana para respirar aire fresco un momento. Un momento, olvidé donde estaba: esto es la Ciudad de México, esto no es aire fresco. Entra más bien el barullo de la ciudad, un ronroneo constante de coches, el crujir de balatas, el estruendo de los claxons, y una combinación de sonidos que no sé identifcar. No llevo mucho tiempo aquí, ayer fue más bien mi primera noche viajando solo. Entonces me asomo y pongo atención. Veo los departamentos de a lado: están vacíos. Pagar tanto dinero por una renta y estar muy poco tiempo en casa. Comprar la tele, y los muebles, y limpiar las ventanas. Y no verla, y no usarlos, y no mirar a través de ella. Las vialidades a los lejos están mañana, tarde y noche asediadas por motores que no se detienen un momento, que van unos más rápido y otros lento, pero no, no se detienen jamás. ¿Sabrán a dónde van? Y luego está toda esta gente (o estamos, si ya puedo ser parte) que prefiere evitar el tráfico en cuatro ruedas y va por metro. Bendito metro. Me ...

Desde el alféizar de tu ventana

   Despiertas por la mañana, pero aún no sale el sol ni ha sonado la alarma. Ha pasado otras veces, no parece importante. Te enderezas sobre la cama y te apoyas con los brazos. Te sobresaltas al mirar tu reflejo, dibujado exactamente en el espejo. Estás despeinada, la pijama deja ver un palmo de tu escote, y estás en ese momento entre volver a dormir, lo cual es fácil, o levantarte y comenzar. Te recuestas, cierras los ojos un momento, y luego te odias por ser responsable (e indecisa) y lanzas las cobijas hacia abajo. Saltas de la cama, que te queda grande. Es increíble vivir sola, lo dices muy seguido.    Vas hasta la regadera y abres la llave. Dejas siempre que se tire el agua hasta que salga caliente, como si no existiera otra forma, como si te quisieras llevar el mundo al carajo junto contigo. El agua empieza a salir tibia. Tú estás en calzoncillos, todavía, revisando los comentarios de ayer. Este te interesa, este no, este otro que se joda. Sale agua calient...

Rejas Estropeadas

     Nos encontramos siempre con las puertas cerradas. Vivíamos en un departamento rentado, con una sola puerta al frente, horrible, roída por lo bajo. Mi madre tuvo que trabajar desde muy chica, las puertas siempre abiertas de la escuela no le serían una opción. Y luego conoció a mi padre, quien, como un montón de padres, se fue. Qué jodido. Nos dejó cuando éramos pequeños. Y adivinen qué tuvo que hacer mi mamá: trabajar día tras día, mes tras mes, para sacarnos adelante. A mi hermano le importaba más que a mí, siempre buscó formas de ganar dinero sin estar desperdiciando la vida tras escritorios, máquinas o mostradores. Conseguía cosas en la ciudad y las vendía. Ya tenía hasta esos horribles mantras de vendedores: vende y nunca serás pobre, cosas así. Yo no le decía nada, porque a mí no me gustaba trabajar. Le conseguía clientes de vez en cuando, lo ayudaba con las entregas, no más. Y él se callaba, porque era dos años menor, pero nunca estuvo de acuerdo. Yo preferí...

Todo lo que eres.

Eres una maquinita en la feria en la que es imposible ganar, que va dando como recompensa con cada peso recuerdos de a poquito, fragmentos de viajes a la Ciudad de México, de pasar por la tortería de la esquina, memorias de los desayunos en el mercado de la Merced, de recorrer cuarto por cuarto y metro por metro la casa de mis abuelos, de saber que mi hermana pedía cualquier cosa en el súper y se la compraban,  de pensar que los tiempos pasados fueron mejores cuando no se puede saber. Eres como un oso fatigoso que tras un largo día de verano solo quiere sobarse los pies, tirado en su cueva, y frente a la cual pasan unos desorientados viajeros, cansados de buscar rumbo pero dispuestos a no desanimarse frente a la adversidad, sin saber que detrás un oso los puede comer. Eres, sin embargo, ese oso y el día que decide no actuar respecto a eso, no atacar a los viajeros aunque no tengan nada que hacer ahí, y verse recompensado cuando los viajeros invocan la flor roja y comienzan a ...

Dolor de cabeza

Me puse el uniforme y tomé mi lugar en el salón de clases. Era grande como para una persona pero pequeño si venían más compañeros. Llevo un par de minutos esperándolos pero no han aparecido. Las puertas están cerradas, pero sin cerrojo, solo tendrían que girar la manija, a menos que sean tímidos. Tuve compañeros en otras ocasiones vestidos de los mismos colores que los míos, pero aún así no todos me gustaban, algunos eran repugnantes, de risas tan estridentes, tan huecos. Sin embargo, me sonreían y yo a ellos. Hasta pensamos a veces que éramos amigos. Pero ellos no siempre ponían los acentos donde debían y en principio eso me hacía enojar. Luego lo dejé ir, y los veía con ojos de compasión y lástima. No podemos arreglar todo. Había otros chicos que no vestían mis colores y a los que nunca vi en mis salones. Nunca supe si eran más listos o más tontos, quizá había de los dos tipos. Casi no conocí a ninguno, salvo en los empastados del pueblo me crucé con chicos que ya no llevaban ropa d...