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Que nos dejen en paz

Que nos dejen en paz. Que dejen de pensar que lo saben todo sobre nosotros, solo porque desde hace años se hacen preguntas y ellos mismos las contestan. Que dejen de pensar que somos uno mismo, o dos, o a lo mucho unos cuantos. Que se den cuenta que no; que somos más de los que pueden contar. Que dejen de intentar contarnos porque se les va a cansar la vista y no van a acabar. Que nos pregunten quiénes somos, qué queremos, a qué vinimos. Que nos pregunten si les interesa. Porque creen que lo saben, que lo saben todo, que somos así, que pensamos así, que actuamos así. ¿Quién les da el derecho a hablar por nosotros? Tenemos voz. Que nos pregunten. Que nos pregunten todos si lo quieren saber. Usan sus preguntas con trampa y sus técnicas para contar y al final no nos cuentan nada que no sepamos, solo mentiras, y por eso nos sorprenden. No hablen por nosotros. Tú tampoco. No existe la voz de la juventud. Existe la mía. La de mis amigos ya es diferente a la mía. La de mi carrera mucho...

Esta conexión permanente

Esta conexión permanente y uno tan solo. Pero no es culpa de uno. Es culpa de la época, que nos hace sentir como si todo estuviera ahí, como si en realidad estuvieran las cosas a un clic de distancia, a un mínimo esfuerzo. Ahí están todas las canciones de hoy, gratis. Desde donde fueron hechas hasta tu teléfono. Si te da por hacer música también ahí están las aplicaciones. Y si quieres publicar esa música que a ver qué tal te quedó igual tienes dónde y cómo subirlo. Todo esto en minutos, en caso de que seas rápido para esto de Internet. De ahí te puedes hacer una carrera, o eso dicen. Igual y había talento en tu ADN y todo esto se te da. Oye, ni siquiera tuviste que salir de tu cuarto para todo esto, quizá puedas evitarte el contacto con el mundo real por el resto de tu vida. O, ¿ya lo habías pensado? Quizá este es el mundo real. Sí, porque, ¿real para quién? Si es para ti, entonces sí, felicidades, este es el mundo real. ¿Para mí? Que curioso que preguntes. No nací en la época ...

Tercera Persona

La tercera persona dejó de pensar, se levantó de la silla y dejó así sin más. Puso un pie en un cuadro, y el otro en el otro, la mano en la llave y miró atrás. No había nada que le hiciera falta más que la convicción propia, y si no la tenía la iba a buscar. Abrió y cerró, bajó y salió. Cruzó sin más paso que el que tenía por el corredor que no corría, pero tampoco corrió. Anduvo y las puertas parecían no acabar, no solo quedarse, no solo resguardar quien sabe qué, sino no acabar. Tiró la que parecía la última y el mundo, aunque dibujado con los mismos pinceles, ya no era de los mismos colores. Pero caminó, porque se tenía a sí mismo, y en ese momento, que todavía no hacía frío, no necesitó nada más. Anduvo calle arriba, o calle adelante, o calle en diagonal, o calle que se callen todos estos motores que no dejan andar en paz. Anduvo por banquetas y veredas y taquerías y ladrando a cercas de las que le ladraban. Se detuvo cerca de una a acariciar a un perro, que por no estar en rejas ...

Filum

Casi a oscuras y abandonandose a desconocidas posibilidades, puede verse parte de un rostro, expectante y cegado; fruto de una caricia, que se ha extendido a la par de versos y ritmos, que ha franqueado barreras de piel y tela. A merced, sin defensa, con las manos inquietas y los labios ansiosos, sin ornamentos ni prendas, la piel se eriza con el contacto, inocente al principio, predecible, ritualístico, casi tierno, que se va haciendo más frágil conforme se aleja de la respiración y se acerca al pecho; esa distancia no provoca más que ansiedad, los movimientos lo delatan. La otra boca explora, busca sin desesperación la salida a laberintos sin paredes que ella se inventa; se empeña en hallar minas que explotar en breve, yacimientos con riquezas imposibles de calcular, trata de ocultarle sus intenciones a la luz que entra por el resquicio. Pese a todo, los labios propios y extraños se buscan constantemente: no por necesidad, sino para mantenerse con vida, y sentirse aún en la misma ha...

Cruzando la calle

Iba corriendo al encuentro; se le había hecho tarde por alguna razón, más allá de que tardara más de diez minutos en pasar el autobús, y más allá de que no pudiera subirse al primer vagón del metro, ni al segundo, ni al tercero. Corría apresurada porque hoy era el día que tenía que pasar lo que tenía que pasar. Tenía una hoja con un dibujo en el bolsillo trasero del pantalón, y una carta hecha cuadritos en aquel jirón recubierto de parches y un poco de piel que llamaba cartera. Pasó corriendo Álvaro Obregón y estaba por cruzar la calle, casi sin fijarse que venía un auto, y sin saber que el conductor venía distraído, cambiando la canción o haciendo quién sabe qué. Uno nunca imagina cómo va a terminar la propia vida, hasta que es demasiado tarde. De pronto, llega aquel segundo, en el que te pasa todo frente a los ojos, y solamente piensas “ojalá hubiera…” Era irónico. Corría directo al concierto en el que no solo sería espectadora, sino que al final, luego de las fotos y las felicit...

Amores, transbordos y otros cuentos de la Ciudad.

Abro la ventana para respirar aire fresco un momento. Un momento, olvidé donde estaba: esto es la Ciudad de México, esto no es aire fresco. Entra más bien el barullo de la ciudad, un ronroneo constante de coches, el crujir de balatas, el estruendo de los claxons, y una combinación de sonidos que no sé identifcar. No llevo mucho tiempo aquí, ayer fue más bien mi primera noche viajando solo. Entonces me asomo y pongo atención. Veo los departamentos de a lado: están vacíos. Pagar tanto dinero por una renta y estar muy poco tiempo en casa. Comprar la tele, y los muebles, y limpiar las ventanas. Y no verla, y no usarlos, y no mirar a través de ella. Las vialidades a los lejos están mañana, tarde y noche asediadas por motores que no se detienen un momento, que van unos más rápido y otros lento, pero no, no se detienen jamás. ¿Sabrán a dónde van? Y luego está toda esta gente (o estamos, si ya puedo ser parte) que prefiere evitar el tráfico en cuatro ruedas y va por metro. Bendito metro. Me ...

Desde el alféizar de tu ventana

   Despiertas por la mañana, pero aún no sale el sol ni ha sonado la alarma. Ha pasado otras veces, no parece importante. Te enderezas sobre la cama y te apoyas con los brazos. Te sobresaltas al mirar tu reflejo, dibujado exactamente en el espejo. Estás despeinada, la pijama deja ver un palmo de tu escote, y estás en ese momento entre volver a dormir, lo cual es fácil, o levantarte y comenzar. Te recuestas, cierras los ojos un momento, y luego te odias por ser responsable (e indecisa) y lanzas las cobijas hacia abajo. Saltas de la cama, que te queda grande. Es increíble vivir sola, lo dices muy seguido.    Vas hasta la regadera y abres la llave. Dejas siempre que se tire el agua hasta que salga caliente, como si no existiera otra forma, como si te quisieras llevar el mundo al carajo junto contigo. El agua empieza a salir tibia. Tú estás en calzoncillos, todavía, revisando los comentarios de ayer. Este te interesa, este no, este otro que se joda. Sale agua calient...