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2. Una tregua

Parpadeaba. El cursor parpadeaba cuando se detenía. Una y otra vez, una línea y al revés. Solo se detenía con el tecleo, pero no era suficiente, era una constante, una persecución, una batalla contra el tiempo; pedirle ideas a la cabeza que vinieran como balas de un arma y no se detuvieran por ninguna razón, para agotar al cursor, para dejarlo sin escapatoria y sin más remedio que dejar de parpadear de una vez. Pero era difícil. Era como jugar al gato y al ratón, como jugar al gato y al ratón a pesar de nunca haberlo jugado; era como invitar a alguien por primera vez a tu casa, deseando que se quede y a la vez que se vaya; como abrirse con alguien y… que solo parpadee. Y que solo se quede así, incrédulo, incrédula, incré lo que tu quieras pero parpadeando. Y no se puede así. Las condiciones no son las de un corredor keniano, los días a veces pesan cuando empiezan y siguen pesando cuando se acaban. No se puede así. La condición no es la de tantos, es la de uno. Y sí bueno ganas sí hay ...

1. Aquí mañana

Me pregunto si seguirá ahí. Si a pesar de todo fue más la curiosidad que la llevó a encontrar el local en principio, la necesidad que la hizo quedarse por de lo que esperaba, la rutina que lo volvió todo fácil y el sol afuera que decía que era mejor no salir. Ella quería escribir, pero la gente ya no lee. Se olvidó de eso con facilidad, como se descarta la idea de ser bombero o la de cualquier otra cosa de esas que cuando uno crece se da cuenta que son una ilusión. Me pregunto si ya habrá encontrado eso que hay en el pasar de los días que vuelve todo tan normal, todo tan certero, todo tan fácil. Uno cree que nunca va a tener que pasar por esas cosas, por esas y por otras tantas cosas, y que sin embargo, de pronto pasan y no hay más. Uno está ahí por horas y todo lo demás va a menos. Me pregunto si se pregunta de qué se trata todo esto, y también si ha encontrado alguna respuesta. Lo que no me atreví a preguntarle fue el nombre. Vi su rostro, como tantos rostros, como tan pocos rostros...

Que nos dejen en paz

Que nos dejen en paz. Que dejen de pensar que lo saben todo sobre nosotros, solo porque desde hace años se hacen preguntas y ellos mismos las contestan. Que dejen de pensar que somos uno mismo, o dos, o a lo mucho unos cuantos. Que se den cuenta que no; que somos más de los que pueden contar. Que dejen de intentar contarnos porque se les va a cansar la vista y no van a acabar. Que nos pregunten quiénes somos, qué queremos, a qué vinimos. Que nos pregunten si les interesa. Porque creen que lo saben, que lo saben todo, que somos así, que pensamos así, que actuamos así. ¿Quién les da el derecho a hablar por nosotros? Tenemos voz. Que nos pregunten. Que nos pregunten todos si lo quieren saber. Usan sus preguntas con trampa y sus técnicas para contar y al final no nos cuentan nada que no sepamos, solo mentiras, y por eso nos sorprenden. No hablen por nosotros. Tú tampoco. No existe la voz de la juventud. Existe la mía. La de mis amigos ya es diferente a la mía. La de mi carrera mucho...

Esta conexión permanente

Esta conexión permanente y uno tan solo. Pero no es culpa de uno. Es culpa de la época, que nos hace sentir como si todo estuviera ahí, como si en realidad estuvieran las cosas a un clic de distancia, a un mínimo esfuerzo. Ahí están todas las canciones de hoy, gratis. Desde donde fueron hechas hasta tu teléfono. Si te da por hacer música también ahí están las aplicaciones. Y si quieres publicar esa música que a ver qué tal te quedó igual tienes dónde y cómo subirlo. Todo esto en minutos, en caso de que seas rápido para esto de Internet. De ahí te puedes hacer una carrera, o eso dicen. Igual y había talento en tu ADN y todo esto se te da. Oye, ni siquiera tuviste que salir de tu cuarto para todo esto, quizá puedas evitarte el contacto con el mundo real por el resto de tu vida. O, ¿ya lo habías pensado? Quizá este es el mundo real. Sí, porque, ¿real para quién? Si es para ti, entonces sí, felicidades, este es el mundo real. ¿Para mí? Que curioso que preguntes. No nací en la época ...

Tercera Persona

La tercera persona dejó de pensar, se levantó de la silla y dejó así sin más. Puso un pie en un cuadro, y el otro en el otro, la mano en la llave y miró atrás. No había nada que le hiciera falta más que la convicción propia, y si no la tenía la iba a buscar. Abrió y cerró, bajó y salió. Cruzó sin más paso que el que tenía por el corredor que no corría, pero tampoco corrió. Anduvo y las puertas parecían no acabar, no solo quedarse, no solo resguardar quien sabe qué, sino no acabar. Tiró la que parecía la última y el mundo, aunque dibujado con los mismos pinceles, ya no era de los mismos colores. Pero caminó, porque se tenía a sí mismo, y en ese momento, que todavía no hacía frío, no necesitó nada más. Anduvo calle arriba, o calle adelante, o calle en diagonal, o calle que se callen todos estos motores que no dejan andar en paz. Anduvo por banquetas y veredas y taquerías y ladrando a cercas de las que le ladraban. Se detuvo cerca de una a acariciar a un perro, que por no estar en rejas ...

Filum

Casi a oscuras y abandonandose a desconocidas posibilidades, puede verse parte de un rostro, expectante y cegado; fruto de una caricia, que se ha extendido a la par de versos y ritmos, que ha franqueado barreras de piel y tela. A merced, sin defensa, con las manos inquietas y los labios ansiosos, sin ornamentos ni prendas, la piel se eriza con el contacto, inocente al principio, predecible, ritualístico, casi tierno, que se va haciendo más frágil conforme se aleja de la respiración y se acerca al pecho; esa distancia no provoca más que ansiedad, los movimientos lo delatan. La otra boca explora, busca sin desesperación la salida a laberintos sin paredes que ella se inventa; se empeña en hallar minas que explotar en breve, yacimientos con riquezas imposibles de calcular, trata de ocultarle sus intenciones a la luz que entra por el resquicio. Pese a todo, los labios propios y extraños se buscan constantemente: no por necesidad, sino para mantenerse con vida, y sentirse aún en la misma ha...

Cruzando la calle

Iba corriendo al encuentro; se le había hecho tarde por alguna razón, más allá de que tardara más de diez minutos en pasar el autobús, y más allá de que no pudiera subirse al primer vagón del metro, ni al segundo, ni al tercero. Corría apresurada porque hoy era el día que tenía que pasar lo que tenía que pasar. Tenía una hoja con un dibujo en el bolsillo trasero del pantalón, y una carta hecha cuadritos en aquel jirón recubierto de parches y un poco de piel que llamaba cartera. Pasó corriendo Álvaro Obregón y estaba por cruzar la calle, casi sin fijarse que venía un auto, y sin saber que el conductor venía distraído, cambiando la canción o haciendo quién sabe qué. Uno nunca imagina cómo va a terminar la propia vida, hasta que es demasiado tarde. De pronto, llega aquel segundo, en el que te pasa todo frente a los ojos, y solamente piensas “ojalá hubiera…” Era irónico. Corría directo al concierto en el que no solo sería espectadora, sino que al final, luego de las fotos y las felicit...